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la verdad detrás del crimen

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EL NUEVO DIARIO, SANTO DOMINGO.- Ese 17 de marzo de 1975 fue un día aciago, no solo para la prensa sino también para todo el país. Ese día asesinaron al talentoso periodista Orlando Martínez, jefe de Redacción de la revista Ahora, pluma estelar de El Nacional de Ahora y alto dirigente del Partido Comunista Dominicano (PCD).

Así, hace exactamente 47 años, agentes militares y civiles emboscaron y abatieron a tiros a Orlando Martínez, convertido desde ese mismo momento en mártir indiscutible de la prensa nacional.

El hecho criminal ocurrió en la avenida José Contreras, muy cerca de la UASD; allí dejó su sangre el destacado periodista y militante político. Esa sangre duró años latiendo en los tribunales y reclamando justicia.

Y llegó la justicia, tardía llegó. Pero llegó, en 2007 llegó. En efecto, por el brutal asesinato fueron condenados el general retirado Joaquín Pou Castro a 20 años de prisión, y a 30 años cada uno, el cabo Mariano Cabrera Durán y el civil Rafael Lluberes Ricart (Lluberito).

La intriga

Detrás del crimen hay una trama política y un gran enredo… Es hora de descorrer la cortina y descubrir el fondo de la maldad. Eran los terribles Doce Años del balaguerismo severo, iniciados en 1966. En plena campaña reeleccionista, en 1974, Balaguer sufrió un accidente: el helicóptero en que viajaba se derrumbó sobre una palma en Villa Altagracia. (En “Balaguer y yo: la historia”, Víctor Gómez Bergés muestra la foto del árbol.) Pensando lo peor (¿la muerte inminente del presidente?), el mayor Polanquito y su aeronave escolta no se pararon en el lugar del hecho y siguieron derecho hacia el Palacio Nacional, para informar del trágico accidente y preparar el traspaso de mando. Sin duda, Balaguer no se salvaría de ese siniestro atroz. Así, Polanquito y un grupo militar movieron las piezas del tablero y montaron el escenario de la sucesión.

Pero el presidente no estaba muerto: sin rasguños ni aturdimientos, fue más el susto que la caída. Balaguer y sus guardaespaldas detuvieron un vehículo cualquiera y llegaron al Palacio Nacional, donde desmontaron la trama sucesoral. No tardó en humilló y despedir sin piedad al infiel Polanquito. Sin embargo, no tocó el corazón de la maquinaria militar.

La trama fue registrada y revelada: todo pasó por el Microscopio de Orlando. Se difundieron las intrigas y los enredos de los actores desleales, y la tinta del periodista desnudó lo ocurrido. Martínez reprodujo diálogos, conspiraciones… retrató la deslealtad de unos intocables del poder.

Los asesinos aprovecharon una circunstancia particular. En esos días, como en otros del pasado, Orlando y el profesor Juan Bosch produjeron sórdidas disputas ideológicas y políticas. Aquellos eran días de furor y redención. La izquierda se destrozaba en polémicas estériles, en El Capital de Marx más que en los inventos de Sillicon Valley. (Si tan solo hubieran leído “Ni Marx ni Jesús”.)

En esos días salieron de las sombras del poder, actuaron con alevosía y asesinaron a un gran periodista. El periodista

Un hervidero militar

La muerte de Orlando desató un hervidero en las fuerzas militares. Eran dos los bandos enfrentados por el control militar: el acaudillado por los generales Enrique Pérez y Pérez y Milo Jiménez, y el otro protagonizado por el también general Neit Rafael Nivar Seijas.

Tras el crimen se desbordó el enfrentamiento, disparado por el nombramiento de Nivar Seijas como jefe de la Policía Nacional para que investigara el caso y preparara sus conclusiones. Los culpables serían descubiertos -¿y entregados a la justicia? El malestar explotó con la renuncia colectiva de fuertes jerarcas militares: Milo Jiménez abandonó la jefatura de las Fuerzas Armadas, Pérez y Pérez la del Ejército, Salvador Lluberes Montás dejó la Fuerza Aérea, y Manuel Logroño Contín se fue de la Marina.

Balaguer los sustituyó con oficiales de menor cuantía. El despelote se resolvió definitivamente con el reingreso al Gobierno de los gurúes renunciantes.

Algo de su vida

Nacido en 1944 en Las Matas de Farfán, desde muy joven dio Orlando muestras de agitación política e inquietudes anchas. Echó alas intelectuales. Viajó a Europa. Se hizo joven comunista. Regresó con una gran armadura intelectual. Incursionó en la prensa escrita, usada por él como servicio social y arma política.

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